dimecres, 16 de gener de 2013

El arte de escuchar

Según Epícteto de Frigia, "así como hay un arte de bien hablar, existe un arte de bien escuchar". Cuánta razón tenía. A lo largo de nuestra vida perdemos muchas oportunidades por no estar atento a lo que nos dicen. Desde cuestiones banales hasta otras de mayor importancia. Ser consciente que hay mucho que pasa a nuestro lado y que se nos escapa. 

En el ejercicio de hablar y escuchar, todos tenemos algo que aportar a ese saco común que sería el conocimiento. Unos más y otros menos, cierto. Pero hasta de los errores ajenos podemos aprender. Para poder interactuar con eficiencia, debemos tener las miras abiertas, estar interesados en las enseñanzas gratuitas que sólamente adquiriremos si somos capaces de prestar atención. Darnos cuenta de quién quiere comunicarnos algo. Sin prejuicios acerca de quién es el interlocutor. Tanto da que aquel que nos hable tenga una u otra ideología, formación, carácter, raza o estado.

Si prestamos oídos, podemos llegar a un siguiente paso. Si además de "oir", "escuchamos", es decir que interiorizamos el mensaje que se nos transmite, avanzamos de manera importante en comunicación. Si asimismo extraemos conclusiones de lo transmitido, puede servirnos como elemento imprescindible para nuestro propio aprendizaje. Estar atento a lo que nos indican, es por tanto indispensable. Debemos escuchar. Reitero, podemos aprender cosas de la persona más insospechada.Y tenemos que ser conscientes de ello. Saber que no somos más que nadie. Aprovechar consejos. Mostrarnos siempre en un estado de igualdad respecto al orador.

Para mí, y es mi humilde opinión,  tan importante como el saber hablar es el saber callar. Decir sin aportar, a menudo es sinónimo de hacer perder el tiempo. Como dice el chiste, es preferible callar y aparentar ser tonto que hablar y confirmarlo. Cada humano debería aprender a morderse la lengua en más de una ocasión, para conocer lo que representa el hablar. La palabra es poderosa. Quien maneja el lenguaje y la comprensión de las personas, obtiene mucho poder.

Esa enseñanza de la cual ahora escribo, la he puesto en práctica a lo largo de un tiempo a esta parte. Ejercité mi derecho a escuchar. A asimilar los conomientos que me dispensaban otras personas, cualesquiera fuera su edad, sexo o su preparación académica. Me gustó paladear los razonamientos de otros. Pensar en las posibles respuestas aunque posteriormente no las ejerciera. Aprendí a minusvalorar mis razonamientos. A valorar el silencio. A ser más tolerante con quien habla y no coincido. Todo eso conduce inexorablemente al mejoramiento personal.

Al mismo tiempo te das cuenta de cosas. Como por ejemplo el sorprendente número de gente que habla y no se escucha. Una auténtica pena. En una sociedad que vive de la información al segundo, donde tanta multitud aporta y discute, donde todos tienen que decir y opinar; pocas veces nos paramos a escuchar. Incluso mientras hacemos que atendemos, estamos pensando en nuestra próxima respuesta. Si nos detuviésemos un sólo segundo, cada nueva información la podríamos procesar y valorar: si nos gusta, nos reconforta, o nos desagrada. Podríamos formar nuestros propios criterios, sin depender de los razonamientos ajenos. Sin ser loros repetidores de lo escuchado. 

Gracias a ese ejercicio de contención realizado desde hace meses, creo que he mejorado en confianza hacia mí mismo. Acudo a debates con mayor seguridad. Masco las respuestas pensando en los pros y contras de mis deliberaciones. Argumentando siempre. Tendiendo puentes de diálogo. Acercando posturas. Desde el conocimiento de lo que me cuentan y la madurez de la respuesta respecto a lo que pienso de ello. Con mis propios criterios. Una bella práctica la de ejercitar el arte de escuchar. Lo recomiendo a todo el mundo.